Primera reunión del Círculo San Gregorio de Narek

Tema Contra el liberalismo

I. Qué es el liberalismo

Sardá y Salvany: la soberanía de la razón

En 1884, el sacerdote catalán Félix Sardá y Salvany publicó El liberalismo es pecado, obra que se convertiría en referencia obligada del catolicismo español antiliberal. Para él, el liberalismo es, en su esencia, la doctrina de la soberanía absoluta de la razón humana, que no admite someterse a ninguna razón superior o sobrenatural. No se trata de un error accidental ni de un exceso corregible, sino de una rebelión de principio: el hombre se declara a sí mismo fuente última de la verdad y del derecho.

De esa raíz brotan los principios que Sardá enumera:

•      la absoluta soberanía del individuo «con entera independencia de Dios y de su autoridad»;

•      la soberanía de una sociedad que no reconoce nada que no nazca de ella misma;

•      la soberanía nacional, es decir, el derecho del pueblo a legislar sin más criterio que su propia voluntad, expresada en el voto y luego en la mayoría parlamentaria;

•      la libertad sin límites de pensamiento, de imprenta y de asociación.

Todos comparten la misma estructura: allí donde antes había un orden recibido —de Dios, de la naturaleza, de la tradición—, el liberalismo coloca una voluntad que no responde ante nadie.

León XIII: el naturalismo aplicado a la política

Cuatro años más tarde, León XIII ofreció en la encíclica Libertas praestantissimum (1888) la definición magisterial más precisa. El liberalismo es la aplicación a la moral y a la política de lo que el naturalismo o racionalismo sostiene en filosofía: así como el racionalista niega que la razón deba someterse a la Revelación, el liberal niega que la vida moral y social deba someterse a la ley divina. El hombre se convierte en su propia ley.

El Pontífice distingue tres grados, y la enseñanza decisiva es que los tres son condenables:

•      Liberalismo radical: niega toda autoridad de Dios; el hombre y la mayoría son la única ley.

•      Liberalismo mitigado: admite la ley natural, pero rechaza que la ley revelada por Dios rija la sociedad.

•      Liberalismo muy moderado: acepta la ley de Dios para la vida privada, pero no para el Estado; de ahí la separación entre la Iglesia y el Estado.

Esta gradación desarma una tentación frecuente: pensar que basta con un liberalismo «templado» o «católico». Para León XIII, incluso la forma más moderada parte del mismo principio —que la sociedad, en cuanto tal, no debe nada a Dios— y por eso comparte su condena.

Plinio Corrêa de Oliveira: las raíces morales

El pensador brasileño Plinio Corrêa de Oliveira, en Revolución y Contra-Revolución (1959), dio un paso más: buscó las raíces de la Revolución no solo en las ideas, sino en las pasiones desordenadas del alma. Señaló dos:

•      El orgullo, que identifica con el non serviam, el «no serviré» de Satanás: el rechazo de toda autoridad y la exigencia de igualdad. De él nace el igualitarismo, el odio a cualquier superioridad.

•      La sensualidad, de la que nace el liberalismo propiamente dicho, entendido como el rechazo de cualquier freno o ley.

La aportación de Plinio consiste en mostrar que las ideas revolucionarias no triunfan solo por su fuerza lógica, sino porque halagan inclinaciones profundas del hombre caído. Por eso la Revolución avanza como un proceso, y por eso la Contra-Revolución no puede ser únicamente política: ha de ser también moral y espiritual.

II. Las raíces intelectuales: Ockham y el nominalismo

Si el liberalismo es la soberanía de la voluntad humana, cabe preguntarse cuándo empezó la voluntad a desplazar a la razón y al orden de las cosas. La respuesta tradicionalista apunta a la Baja Edad Media y a un fraile franciscano inglés, Guillermo de Ockham (c. 1287-1347).

La pregunta de fondo

Los filósofos medievales discutían una cuestión que parece abstracta, pero que lo decide casi todo: cuando decimos «hombre», «árbol» o «justicia», ¿nombramos algo real o usamos solo una palabra?

•      Santo Tomás de Aquino (realismo): Juan y María son personas distintas, pero comparten algo real, una misma naturaleza humana. La palabra «hombre» designa algo que existe verdaderamente en cada uno de ellos.

•      Ockham (nominalismo): solo existen Juan y María, cada uno por separado. «Hombre» es apenas un nombre —nomen, de donde procede «nominalismo»— que empleamos para agruparlos por comodidad. No hay naturaleza común.

Por qué importa para la moral

Si existe una naturaleza humana, de ella se deduce lo que es bueno para el hombre. Mentir es malo porque el ser humano está hecho para la verdad; la familia es buena porque responde a lo que somos. Es la doctrina de la ley natural: el orden está inscrito en las cosas, y Dios manda el bien porque es bueno.

Si no hay naturaleza común, ese orden desaparece. Para Ockham, las cosas son buenas solo porque Dios así lo quiere, y Dios podría haber mandado lo contrario. La moral deja de fundarse en la razón —en lo que las cosas son— y pasa a fundarse en la voluntad —en lo que alguien decide—. Es lo que se llama voluntarismo.

Por qué importa para la política

La consecuencia política tardará siglos en manifestarse, pero está ya contenida en el principio. Si solo existen individuos, la sociedad no es un organismo natural, sino una suma de voluntades que pactan; y si el bien es lo que una voluntad decide, bastará con reemplazar la voluntad de Dios por la del príncipe y, más tarde, por la del pueblo. El contrato social y la soberanía de la mayoría de la que hablaba Sardá tienen aquí su semilla remota.

III. Las cinco rupturas de la Cristiandad

1. La ruptura religiosa: Lutero

En 1517 comienza la revuelta de Lutero. Donde había una fe universal que unía a los pueblos de Europa en una misma Iglesia, aparecen varias confesiones que solo pueden convivir mediante un equilibrio mecánico de fuerzas, y una Europa fragmentada. Pero la ruptura es más honda que la división territorial: el libre examen hace de la conciencia individual el juez último de la Escritura y prefigura así, en el orden religioso, la soberanía de la razón individual que el liberalismo trasladará después a la política.

2. La ruptura ética: Maquiavelo

Hasta entonces, la política era una parte de la moral. El gobernante debía ser virtuoso y gobernar para el bien común y la salvación de sus súbditos. En El príncipe, Maquiavelo separa la política de la moral: la política tiene sus propias reglas, y lo importante es conquistar y conservar el poder. Si resulta útil, el príncipe puede mentir, faltar a su palabra o ser cruel. La virtù ya no es la virtud moral, sino la habilidad del que triunfa.

Nace así la razón de Estado: el Estado se convierte en un fin en sí mismo, y la política se mide por su eficacia y no por su justicia. Contra ella escribieron los tratadistas españoles del Siglo de Oro —Pedro de Ribadeneyra o Diego de Saavedra Fajardo, entre otros—, que defendieron que no hay verdadera razón de Estado fuera de la ley de Dios.

3. La ruptura política: Bodino

En la Cristiandad el poder estaba repartido y limitado. El rey convivía con la Iglesia, la nobleza, las ciudades con sus fueros, los gremios y las Cortes. Gobernaba bajo Dios y bajo la ley, y debía respetar costumbres y privilegios que él no había creado.

En Los seis libros de la República (1576), Jean Bodin formula el concepto moderno de soberanía: un poder absoluto, perpetuo e indivisible, que no comparte su autoridad con los cuerpos de la sociedad. Rousseau, dos siglos después, no hará más que cambiar de titular a la soberanía de Bodino: pasará del rey al pueblo, pero seguirá siendo igual de absoluta.

4. La ruptura jurídica: Hobbes

Thomas Hobbes, nominalista consumado, aplica a la sociedad lo que Ockham había aplicado a la moral. Para la tradición clásica y cristiana, el derecho era lo justo: algo que se descubre en la naturaleza de las cosas y que el legislador debe reconocer y respetar. En el Leviatán (1651), Hobbes invierte esa relación.

Parte de individuos aislados en un «estado de naturaleza» que es guerra de todos contra todos, y reduce la ley natural al instinto de conservación. Para escapar del miedo, los hombres pactan y entregan todo su poder a un soberano artificial, el Leviatán, al que llama «dios mortal». Desde entonces la ley ya no es la ordenación de la razón al bien común, como la definía santo Tomás, sino el mandato de quien tiene el poder: auctoritas, non veritas, facit legem, «la autoridad, no la verdad, hace la ley».

Es el nacimiento del positivismo jurídico y del contrato social que Locke y Rousseau desarrollarán después.

5. La ruptura institucional: Westfalia

La Paz de Westfalia (1648), que puso fin a la guerra de los Treinta Años, consagra en el orden internacional lo que las rupturas anteriores habían preparado. La Cristiandad había sido una comunidad de pueblos que, con toda su diversidad, reconocían una fe y una autoridad espiritual comunes, y aceptaban que la guerra y la paz estaban sometidas a la ley moral.

Westfalia la sustituye por un sistema de Estados soberanos. La religión de cada territorio queda en manos de su príncipe, según el principio cuius regio, eius religio heredado de la Paz de Augsburgo. El papa Inocencio X protestó contra los tratados en el breve Zelo domus Dei, pero su protesta fue ignorada: era la señal de que la nueva Europa ya no admitía juez por encima de los Estados.

De Westfalia a 1789

Consumadas las cinco rupturas, el camino quedaba abierto. La Revolución francesa no hará sino reunir en un solo programa la conciencia autónoma de Lutero, la razón de Estado de Maquiavelo, la soberanía absoluta de Bodino y el contrato de Hobbes, y entregarlos al pueblo soberano. Ese programa es el liberalismo.

IV. Los hijos del liberalismo

Los dos límites que el liberalismo suprime

Para comprenderlo hay que advertir que el liberalismo, al tiempo que proclama la libertad, retira al poder del Estado los dos tipos de límites que lo contenían:

•      El límite de arriba: la soberanía de Dios y la ley natural. Ya no hay una verdad ni un bien por encima de la voluntad humana; la ley es lo que decide la mayoría.

•      Los límites de los lados: los cuerpos intermedios —Iglesia, familia, municipio, gremios, fueros—, lo que Vázquez de Mella llamaba la soberanía social, distinta de la soberanía política y anterior a ella.

Entre el ciudadano aislado y el Estado ya no queda nada. Todo lo que vino después ocupó ese vacío.

Socialismo y comunismo

El socialismo y el comunismo brotan del liberalismo por tres caminos lógicos:

•      La lógica de la igualdad. El liberalismo proclama que todos los hombres son iguales y soberanos, y en nombre de esa igualdad suprime la nobleza y los privilegios. El socialista no hace sino preguntar por qué ha de tolerarse la desigualdad de riqueza si se abolieron todas las demás.

•      La lógica de la voluntad. Si la ley es simplemente lo que decide la mayoría, como quería Rousseau, y no lo justo por naturaleza, nada impide que la mayoría vote expropiar a la minoría. La propiedad deja de ser un derecho natural y pasa a ser una concesión revocable del Estado.

•      La lógica del racionalismo. Si la sociedad es un contrato artificial y no un organismo natural, puede deshacerse y rehacerse conforme a un plan racional. La planificación socialista lleva al extremo el mismo racionalismo que inventó el contrato social.

A estas tres lógicas se suman dos rasgos que liberalismo y comunismo comparten:

•      El mismo materialismo. El liberalismo burgués reduce al hombre a productor y consumidor, el homo oeconomicus. Marx acepta esa reducción y solo discute quién debe ser el dueño. Capitalismo liberal y comunismo son, así, dos hermanos que se disputan la herencia.

•      La misma meta final. El objetivo último del marxismo es una sociedad sin Estado, con igualdad total y libertad total. Para Plinio, eso revela que el comunismo es el ideal liberal llevado a su término: la anarquía.

El fascismo

Puede parecer extraño incluir al fascismo en esta genealogía, puesto que se presentó como enemigo declarado del liberalismo. Pero, para el tradicionalismo, hereda de él lo esencial:

•      Hereda la soberanía sin Dios. El fascismo sustituye al individuo soberano por la Nación o el Estado soberano. Cambia el sujeto, pero sigue tratándose de una soberanía puramente humana, sin ley superior. El nacionalsocialismo hará lo mismo con la raza.

•      Hereda el Estado absoluto. La línea va de Bodino y su soberanía indivisible, pasa por el Leviatán de Hobbes y llega a Hegel, para quien el Estado es la marcha de Dios en el mundo. La fórmula de Mussolini —«todo en el Estado, nada fuera del Estado, nada contra el Estado»— es la culminación de esa línea.

•      Hereda el nacionalismo de la Revolución francesa. La nación como sujeto soberano nace en 1789, con la «nación en armas» y el culto revolucionario a la patria. Como sostuvo Rafael Gambra, el patriotismo es amor a la tierra y a los antepasados, mientras que el nacionalismo convierte a la nación en un ídolo.

•      Hereda la razón de Estado de Maquiavelo. La política separada de la moral, en la que el éxito justifica los medios, reaparece en el fascismo junto al vitalismo de Nietzsche y el culto a la violencia de Georges Sorel.

•      Hereda la política de masas de la democracia. El caudillo fascista no gobierna por legitimidad tradicional, sino por la adhesión de las masas: plebiscitos, desfiles, propaganda.

•      Tiene, además, raíces socialistas. Mussolini había sido dirigente socialista y director del diario Avanti!, y el nazismo se llamaba a sí mismo «nacionalsocialismo». Comparte con el socialismo la idea de un Estado que dirige toda la vida social.

Por último, el fascismo es una reacción ante el caos liberal. Cuando el parlamentarismo entra en crisis —inestabilidad, paro, amenaza comunista—, las masas reclaman orden. Pero el orden natural —Iglesia, corporaciones, fueros, comunidades— ya había sido destruido por el propio liberalismo, y el único orden disponible es el que impone el Estado desde arriba. Por eso el fascismo es un falso orden, una caricatura de la Contra-Revolución: su corporativismo se impone desde el Estado, mientras que el de Mella nace de la sociedad.

 


Si aún no rellenaste la encuesta, ahora es el momento:

Comentarios

Entradas populares de este blog

La habitabilidad restringida

Fundación del Círculo Tradicionalista San Gregorio de Narek